Porque, cuál es el recuento de la vida sino fotografías.
Familiares rostros, anónimos daguerrotipos que engrosa y descuida el tiempo.
Blanco y negro, sepia que amarillea y rasga con manos borradoras y lápices de olvido.
De hojaldre y carmín los labios de Abuela Carmen. Plácida luna a la sombra de tiernos brocales. A los pies del olivo sonríe a una Leika en La Matallana. Grandes ramos colmatados por el agua y los años, ella, una flor cordobesa del Postigo, que tanto sostuvo la vida y raíces.
Poco a poco se le van cayendo los recuerdos a la niebla de los sueños. Poco a poco el dolor se pesa en la romana y bailamos la danza de los locos, primero en las alacenas, luego en los abrazos. Más tarde espesa el azafrán de la memoria y salpica los pucheros.
He visto en los ojos de mi madre
las manos de mi abuela Carmen.
Poseo esa sonrisa asumida
cuando la espera viste oscuro
y un pañuelo corta el sol entre olivos.
Llevo un ceremonial de arcilla
y rosas en la sangre.
Lo moderno es ancestral refugio
ante el ayer trascendido.
Abuela y madre rondan los setenta.
Luna de piel, morena plenitud;
azul, por chinescos del mar,
la mirada de mi madre.
Nunca nombres, Carmela, Loli,
lo innombrable.
febrero 2003
*Había un rosal en el patio de la alfarería de mi abuelo Leonardo, junto al pozo estallaba su color púrpura, cerca del pilón redondo y encalado del agua. Cierro los ojos y las veo aún, menudas, preciosas rosas rojas de pitiminí. Hasta no hace mucho florecían. Quedan las raíces dormidas en el arriate.